top of page

LA ESCALADA: El caso de Ceuta

hace 13 horas
5 min de lectura

por Fernando Oliván



Hay momentos en la Historia en los que los pueblos, las naciones, los estados entran en un torbellino de acontecimientos que los arrastran hacia la catástrofe. Como si sufrieran una atracción fatal irresistible, un instinto de muerte que desborda todo ejercicio de racionalidad y sensatez, se precipitan alocadamente hacia lo peor.


Tengo la sensación de estar viviendo un periodo de este tipo, algo que afecta al mundo que conozco, Europa y Occidente, pero con una especial virulencia en el caso español. Los acontecimientos de Ceuta resultan sintomáticos.


Es cierto que la acción humana desborda el espacio de la razón, que la dinámica de la vida se rige más por fuerzas de origen oscuro como los instintos y las pasiones que por el cálculo de lo razonable. Sin embargo, el momento actual nos está llevando a un frenesí que anuncia trágicos resultados.


Gibraltar de noche, 1844 - Ivan Konstantinovich Aivazovsky
Gibraltar de noche, 1844 - Ivan Konstantinovich Aivazovsky

El analista militar Liddell Hart lo estudió en las guerras que comienzan el XX. Ahí, pese a la racionalidad que suele regir las decisiones de los estados mayores, nos dice, hay momentos en los que los principios matemáticos se ven sustituidos por una ceguera que incorpora factores extraños al interés de los combatientes. Esto sucede expresamente en lo que denomina “la escalada”, un juego atroz en el que, a veces, entran los ejércitos en combate y que, en una irracionalidad desquiciante, los lleva a elevar la violencia del ataque, peldaño a peldaño, hasta una virulencia incontrolable. Lo que sobrecoge al gran teórico británico es que, en la mayoría de los casos, ese desmesurado uso de la fuerza termina siendo contraproducente para los ejércitos que caen en ella, pues se ven arrastrados a sacrificar hombres y medios en la defensa o conquista de objetivos sin valor estratégico alguno, lo que acarrea, a la postre, su propia destrucción.


Esta locura de la escalada la podemos apreciar en prácticamente todos los conflictos que atañen hoy a Occidente. De entrada, en la guerra de Ucrania donde, frente a la racionalidad que reclama el diálogo, nos vemos empeñados en una contienda que amenaza ya a la propia subsistencia de Europa. Lo mismo acontece en los conflictos de Oriente próximo y medio donde el hambre de muerte está llevando a Israel y a los Estados Unidos a una escalada sin precedentes.


En el caso español el conflicto entre gobierno y oposición desborda ya el teatro de la política para encaminarse a territorios desconocidos. Aquí la escalada se nutre de la frustración, instalada en las derechas, al constatar que ni siquiera acontecimientos como los sufridos en el enclave ceutí han sido capaces de derribar al gobierno. La ansiedad que provoca esta percepción las arrastra a la locura de agigantar la crisis hasta dimensiones que pueden resultar definitivamente fatales para todo el estado.


Como en el lienzo de Brueghel, la ceguera se ha apoderado de los cuadros de mando de nuestra sociedad occidental. Como consecuencia, vemos perplejos como la ciudadanía abandona el respeto hacia las instituciones con propuestas que resultará dificilísimo encauzar en los próximos años. En Medio oriente asistimos a la desintegración de dos de las culturas que fueron matriz de la Modernidad. Y expresamente me fijo en el caso judío. Hoy la cultura judía se hunde en un pozo de aberración del que le resultará casi imposible salir. ¿Qué opinarían sobre el Israel de hoy intelectuales como Spinoza, Kafka, Benjamín, Reisemberg o el mismo Buber? Causa escalofríos pensarlo. En el caso ceutí la contradicción entre objetivos y medios está alcanzando también cuotas de sinrazón.


Sin quitarle gravedad al asunto, la realidad es que los sucesos que vivimos en Ceuta el pasado mes de julio no han pasado de una entrada masiva e incontrolada de inmigrantes. Afortunadamente (todavía) no se han pasado a la violencia que entrañaría “la continuación de la política por otros medios”, por lo que el uso de una respuesta civil -es decir, político/administrativa- es todavía posible. La presencia de cincuenta mil u ochenta mil “incontrolados extranjeros” en un lugar concreto y reducido no es algo que sorprenda ni desborde a los responsables policiales de los estados modernos, sucede en algunos acontecimientos deportivos, donde hinchadas enloquecidas pueden, incluso, entrar en conatos de violencia. En estos casos, los responsables policiales, en aplicación del orden jurídico, proceden a la intervención administrativa, imponiendo las medidas necesarias que van desde las sanciones económicas a la expulsión o la apertura de los oportunos procedimientos penales. Pura Administración que acredita la fortaleza del orden jurídico. En el fondo supone decir: “estáis en este país y, por eso, se os aplica nuestra ley”. Ésta es la mejor y la única manifestación de soberanía, acreditando que la plaza corresponde al estado que impone su derecho.


En el caso de Ceuta la solución del tema entrañaba, al menos, los siguientes pasos. De entrada, mantener el conflicto en sus márgenes civiles, es decir, como un asunto sometido al control del derecho y la administración, afianzando, así, el principio de soberanía. Dos. Evitar todo tipo de polarización que pudiese desbordar el marco de la convivencia. Entre estas polarizaciones sobresalen específicamente dos, la étnica y la religiosa, sobre las que se han sustentado más de la mitad de las guerras modernas. Tres. Desdibujar el papel de Marruecos. Hay que tener en cuenta que Marruecos está inmerso en una crisis social y política de hondo calado que, desbordada, puede afectar inmediatamente a los intereses de España. Y cuatro. Evitar despertar el interés de terceros actores. Esto es también fundamental pues, dada la posición geográfica donde se desarrolla la crisis, -uno de los más importantes estrechos- la intromisión de potencias extranjeras es siempre una opción.


En una escalada absurda, la derecha española, los políticos y la prensa, ha actuado en sentido contrario en estos cuatro vectores. Se ha definido la crisis como una “invasión”, con lo que se desborda el tema administrativo apuntando al lenguaje militar de la guerra. Se ha polarizado el conflicto con las dos peores variables, como conflicto étnico, es decir, entre dos supuestas comunidades distintas, “moros” y “españoles”, obviando la existencia de un millón de marroquíes en territorio español, y entre dos supuestas religiones, la católica y la mahometana, obviando no solamente la existencia de otras formas religiosas o de ateísmo, sino también las deriva que, en algunos casos, ha tenido ese islamismo latente. Se ha convocado alocadamente a potencias extranjeras, de Israel a Estados Unidos, sin olvidar a los convidados de piedra a los que también puede interesarles asistir a la cena. Y, por último, se ha abierto una crisis innecesaria con Marruecos, donde hay no pocas corrientes que buscan el conflicto como cortina de humo para salvar sus intereses.

*

Entre esas maravillosas anécdotas que recoge en sus Historiae Vitae, Eliano, viendo una pelea de gallos, nos cuenta lo siguiente “aquellos gallos no se esfuerzan por defender a la patria ni a sus dioses nacionales, no luchan por las tumbas de sus antepasados ni por la gloria, la libertad o sus hijos, se pelean solo por no ser vencidos y para no ceder ante el adversario”. Las derechas hoy se empeñan en esta alocada escalada en la que, como en las peleas de gallos, parecen no ser conscientes del precipicio al que nos empujan.


En definitiva. En el horno de esta escalada, hoy estamos ante un menú con los ingredientes perfectos para dar por perdidas las dos ciudades. Inevitable tenemos que recordar que, desde un punto de vista exquisitamente geopolítico, ambos territorios están al otro lado de esa frontera que naturalmente trazan los mares.


 

Fernando Oliván es autor de

Leviatán al desnudo. Una arqueología del estado moderno (Valencia 2022)

La democracia inencontrable. Una arqueología de la democracia (Valencia 2019)

Comentarios


  • Instagram
  • Facebook
  • YouTube
bottom of page