LOS ESTRECHOS: Anatomía del Poder en el Siglo XXI
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Por Fernando Acedo-Rico Henning
En la arquitectura invisible del comercio global, hay puntos donde el mundo se
estrecha hasta adquirir una dimensión casi quirúrgica. Son los estrechos
marítimos: corredores angostos por los que transita una proporción
desmesurada del comercio internacional, especialmente de energía. En ellos,
la geografía deja de ser paisaje para convertirse en poder. Controlar, influir o
simplemente amenazar un estrecho equivale hoy a condicionar el sistema
económico mundial.

A diferencia de las grandes rutas oceánicas, abiertas y difusas, los estrechos
son cuellos de botella. Su relevancia no es solo cuantitativa —por el volumen
de mercancías que los atraviesa— sino cualitativa: concentran flujos críticos
que no admiten sustitución inmediata. En este sentido, el estrecho de Malaca,
Bab el-Mandeb, Suez, Ormuz o Gibraltar no son meros accidentes geográficos,
sino infraestructuras estratégicas sin alternativa real a corto plazo.
Entre todos ellos, el estrecho de Ormuz ocupa un lugar central en la geopolítica
energética. Por sus aguas circula aproximadamente una quinta parte del
petróleo mundial. Se trata de un espacio mínimo, apenas unas decenas de
kilómetros en su punto más estrecho, pero con una densidad geoeconómica
extraordinaria. La proximidad de Irán y los Estados del Golfo convierte a Ormuz
en un escenario de tensión estructural: cualquier alteración —real o potencial—
tiene un impacto inmediato en los mercados energéticos y en la percepción de
riesgo global.
Ormuz es, en esencia, un termómetro geopolítico. No es necesario que se
cierre para que el sistema se resienta; basta con que su seguridad sea
cuestionada. El mero anuncio de incidentes, maniobras militares o amenazas
de bloqueo se traduce en volatilidad de precios, incremento de primas de
riesgo y reconfiguración de rutas logísticas. En ese sentido, su importancia
excede lo físico: es un espacio psicológico donde se negocia, en tiempo real, la
estabilidad del orden internacional.
Si Ormuz representa la energía, el estrecho de Gibraltar simboliza la
conectividad. Es la puerta entre el Atlántico y el Mediterráneo, el punto donde
Europa, África y las rutas transcontinentales convergen. Por Gibraltar no solo
circulan mercancías; también fluyen dinámicas migratorias, intereses militares y
equilibrios diplomáticos de larga duración. Su singularidad radica en que,
además de su relevancia económica, incorpora una dimensión jurídica y
política especialmente compleja.
Gibraltar es un espacio donde el derecho internacional, la historia y la
soberanía se entrecruzan. La presencia británica, la proximidad española y la
importancia estratégica del paso convierten el estrecho en un enclave de
negociación permanente. A diferencia de Ormuz, donde el riesgo es la
interrupción, en Gibraltar el desafío es la gestión: garantizar la fluidez del
tránsito sin erosionar los equilibrios políticos que lo sostienen.
La comparación entre ambos estrechos revela una constante: el poder
contemporáneo no se ejerce únicamente sobre territorios extensos, sino sobre
puntos críticos. En un mundo interdependiente, la capacidad de influir en nodos
estratégicos resulta más determinante que la posesión de grandes superficies.
Los estrechos son, en este sentido, palancas de poder asimétrico: espacios
pequeños con consecuencias globales.
La evolución tecnológica —desde la digitalización logística hasta la transición
energética— no ha reducido su importancia, sino que la ha intensificado. A
medida que las cadenas de suministro se vuelven más complejas y sensibles,
la vulnerabilidad de estos pasos se convierte en un factor estructural. El desvío
de rutas, la militarización o incluso la congestión accidental pueden generar
efectos en cascada a escala planetaria.
Europa, y particularmente España, ocupa en este escenario una posición
singular. El control efectivo del entorno del estrecho de Gibraltar otorga una
ventaja estratégica que va más allá del tráfico marítimo: implica capacidad de
influencia en seguridad, comercio y política migratoria. Sin embargo, esta
ventaja exige una gestión sofisticada, basada en cooperación internacional,
estabilidad jurídica y visión de largo plazo.
En definitiva, los estrechos son el lugar donde la geografía se convierte en
destino. En ellos se condensan las tensiones, dependencias y oportunidades
del mundo contemporáneo. Ormuz y Gibraltar, cada uno a su manera, ilustran
que el poder ya no reside únicamente en la extensión de los territorios, sino en
la capacidad de custodiar —o perturbar— los puntos donde el mundo,
literalmente, se estrecha.
Fernando Acedo-Rico Henning
Registrador de la Propiedad
Doctor en Derecho




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