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LOS ESTRECHOS: Anatomía del Poder en el Siglo XXI

  • Foto del escritor: Euromed
    Euromed
  • hace 1 día
  • 3 Min. de lectura

Por Fernando Acedo-Rico Henning


En la arquitectura invisible del comercio global, hay puntos donde el mundo se

estrecha hasta adquirir una dimensión casi quirúrgica. Son los estrechos

marítimos: corredores angostos por los que transita una proporción

desmesurada del comercio internacional, especialmente de energía. En ellos,

la geografía deja de ser paisaje para convertirse en poder. Controlar, influir o

simplemente amenazar un estrecho equivale hoy a condicionar el sistema

económico mundial.


Estrechos de Gibraltar y Ormuz
Estrechos de Gibraltar y Ormuz

A diferencia de las grandes rutas oceánicas, abiertas y difusas, los estrechos

son cuellos de botella. Su relevancia no es solo cuantitativa —por el volumen

de mercancías que los atraviesa— sino cualitativa: concentran flujos críticos

que no admiten sustitución inmediata. En este sentido, el estrecho de Malaca,

Bab el-Mandeb, Suez, Ormuz o Gibraltar no son meros accidentes geográficos,

sino infraestructuras estratégicas sin alternativa real a corto plazo.


Entre todos ellos, el estrecho de Ormuz ocupa un lugar central en la geopolítica

energética. Por sus aguas circula aproximadamente una quinta parte del

petróleo mundial. Se trata de un espacio mínimo, apenas unas decenas de

kilómetros en su punto más estrecho, pero con una densidad geoeconómica

extraordinaria. La proximidad de Irán y los Estados del Golfo convierte a Ormuz

en un escenario de tensión estructural: cualquier alteración —real o potencial—

tiene un impacto inmediato en los mercados energéticos y en la percepción de

riesgo global.


Ormuz es, en esencia, un termómetro geopolítico. No es necesario que se

cierre para que el sistema se resienta; basta con que su seguridad sea

cuestionada. El mero anuncio de incidentes, maniobras militares o amenazas

de bloqueo se traduce en volatilidad de precios, incremento de primas de

riesgo y reconfiguración de rutas logísticas. En ese sentido, su importancia

excede lo físico: es un espacio psicológico donde se negocia, en tiempo real, la

estabilidad del orden internacional.


Si Ormuz representa la energía, el estrecho de Gibraltar simboliza la

conectividad. Es la puerta entre el Atlántico y el Mediterráneo, el punto donde

Europa, África y las rutas transcontinentales convergen. Por Gibraltar no solo

circulan mercancías; también fluyen dinámicas migratorias, intereses militares y

equilibrios diplomáticos de larga duración. Su singularidad radica en que,

además de su relevancia económica, incorpora una dimensión jurídica y

política especialmente compleja.


Gibraltar es un espacio donde el derecho internacional, la historia y la

soberanía se entrecruzan. La presencia británica, la proximidad española y la

importancia estratégica del paso convierten el estrecho en un enclave de

negociación permanente. A diferencia de Ormuz, donde el riesgo es la

interrupción, en Gibraltar el desafío es la gestión: garantizar la fluidez del

tránsito sin erosionar los equilibrios políticos que lo sostienen.


La comparación entre ambos estrechos revela una constante: el poder

contemporáneo no se ejerce únicamente sobre territorios extensos, sino sobre

puntos críticos. En un mundo interdependiente, la capacidad de influir en nodos

estratégicos resulta más determinante que la posesión de grandes superficies.

Los estrechos son, en este sentido, palancas de poder asimétrico: espacios

pequeños con consecuencias globales.


La evolución tecnológica —desde la digitalización logística hasta la transición

energética— no ha reducido su importancia, sino que la ha intensificado. A

medida que las cadenas de suministro se vuelven más complejas y sensibles,

la vulnerabilidad de estos pasos se convierte en un factor estructural. El desvío

de rutas, la militarización o incluso la congestión accidental pueden generar

efectos en cascada a escala planetaria.


Europa, y particularmente España, ocupa en este escenario una posición

singular. El control efectivo del entorno del estrecho de Gibraltar otorga una

ventaja estratégica que va más allá del tráfico marítimo: implica capacidad de

influencia en seguridad, comercio y política migratoria. Sin embargo, esta

ventaja exige una gestión sofisticada, basada en cooperación internacional,

estabilidad jurídica y visión de largo plazo.


En definitiva, los estrechos son el lugar donde la geografía se convierte en

destino. En ellos se condensan las tensiones, dependencias y oportunidades

del mundo contemporáneo. Ormuz y Gibraltar, cada uno a su manera, ilustran

que el poder ya no reside únicamente en la extensión de los territorios, sino en

la capacidad de custodiar —o perturbar— los puntos donde el mundo,

literalmente, se estrecha.



Fernando Acedo-Rico Henning

Registrador de la Propiedad

Doctor en Derecho

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