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MARRUECOS Y LA MODERNIDAD

Por Fernando Oliván


El principal reto de las comunidades políticas es su construcción como Estado moderno. Por el momento, Marruecos está fracasando en este empeño.

La historia de Marruecos está profundamente ligada a España. Y no me refiero a los procesos sobre los que ambos países han buscado, a lo largo de la Historia, consolidar sus respectivos aparatos políticos, resultan más ilustrativos los vínculos humanos que, desde hace siglos, saltan, de una manera u otra, la barrera del Estrecho. De ahí que el fracaso como estado de Marruecos pueda tener profundas consecuencias en el devenir de la sociedad española.


Mezquita Hassan - Pixabay
Mezquita Hassan - Marruecos

Marruecos entra en el mundo contemporáneo de la mano de Francia. Fue Francia, y no España, la que construyó el imaginario geopolítico del actual Marruecos y, como era lógico, lo hizo desde sus propios intereses. Incluso la elección por parte del Residente General, mariscal Lyautey, del sistema monárquico, de entrada, contrario a su propia tradición republicana -estábamos en los tiempos de la III República francesa- fue una elección estratégica, consciente de la inestabilidad de aquel conglomerado de tierras sobre el que quiso fundar su estructura post-colonial. El sueño de una república del Rif, entre otras opciones, fue borrado definitivamente de la conciencia política.

Marruecos nace, de esta manera, recorrido por una serie de quiebras que marcarán su devenir, algo que se mostrará reiteradamente a lo largo del siglo XX y lo que va del XXI de su joven historia. No podemos olvidar que, en el caso de Marruecos, estamos, frente a los siglos que reclaman los procesos históricos, en los primeros pasos de la vida de un estado. Tiempos en los que el irredentismo resulta la principal argamasa en el esfuerzo de unidad: la añoranza de unos supuestos territorios perdidos.


No voy a entrar en los horrores que despertaron los dos golpes de estado conocidos, o los conatos de guerras con Argelia, y que marcarán a fuego las cicatrices de una sociedad que conoció los mismos bordes del precipicio, de ahí el uso, junto a una represión despiadada, del único mito que realmente encarna a toda la sociedad marroquí: el de esa unidad fantaseada y perdida. Al norte, el Rif, y al sur, el Sáhara constituyen los dos polos de ese eje místico que da sentido al Marruecos imperial con el que sueña el imaginario de todo un pueblo.


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Marruecos perdió el último tren hacia la modernidad y lo perdió no hace mucho.


En los comienzos de este siglo, aprovechando el soplo de aire fresco que entró tras la muerte de Hassan II, la sociedad marroquí cruzó un umbral que le hizo soñar con el definitivo paso a la modernidad contemporánea. Ahí se configuraron esos tres proyectos que impulsaron, por un momento, el deseo de vida de una sociedad anquilosada por unas estructuras agobiantes y eternamente envejecidas. Se soñó, incluso, con la convergencia con Europa, lo que incorporaba un grado de ilusión que también conocimos en España. (Recordemos, España solo pudo subirse a ese tren de la modernidad, tras la muerte del dictador, gracias a ese proyecto europeo sobre el que se levanta nuestro siglo XXI). La reforma de la Mudawana, el proyecto de Regionalización Avanzada y la nueva Constitución marroquí de 2011, constituyen los tres pilares sobre los que se quiso levantar un Marruecos nuevo que aspiraba a la europeidad contemporánea.


La reforma de la Mudawana constituyó el proyecto más avanzado de convergencia entre el derecho histórico marroquí (y musulmán en general) con las formas jurídicas de los derechos de Europa. El trabajo fue ciclópeo y, lo más interesante, fue compartido con una sociedad europea que veía ahí la clave para la integración de una inmigración cada vez más necesaria. España fue especialmente entusiasta en este trabajo, siendo el país que primero tradujo aquel texto. La misma importancia tuvo el proyecto de Regionalización Avanzada, que constituyó el primer intento real, y con visos de eficacia, para resolver los viejos litigios territoriales, con una atención especial a los casos del Rif y del Sáhara. De nuevo hubo aquí un impulso de modernidad diseñado desde una óptica de integración suficientemente democrática. A su vez, la reforma constitucional entrañó la redacción de un texto que no podemos dudar en calificar de “Constitución de quinta generación” marcando los avances que promovía, en los aspectos institucionales, respecto al ya clásico constitucionalismo europeo. Tres movimientos cuyo éxito hubiera colocado a Marruecos entre las naciones más avanzadas del Mediterráneo.


A esto se añadió un gigantesco esfuerzo de reconciliación que no tuvo miedo de importar modelos del exitoso caso sudafricano. Podemos criticar todo lo que queramos la sinceridad del proceso, pero España, por ejemplo, no ha llegado a establecer, hasta la fecha, un instrumento semejante a la Instancia de Equidad y Reconciliación a la búsqueda de depurar la barbarie de los “años de plomo”.


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España tuvo ahí, también, una ventana de oportunidad para recrear, en beneficio de Europa y propio, el Oeste de ambos continentes. Una ventana que supo aprovechar exitosamente el gobierno del Presidente Rodríguez Zapatero. Instancias como el Comité Averroes, que alcanzó en estas fechas un dinamismo impresionante; proyectos como el Foro Hispano-Marroquí de Juristas, también fundado en fechas anteriores pero que, de nuevo, alcanza en esa década su mayor eficacia; la fundación de la Casa Arabe, así como el apoyo a propuestas internacionales como la Unión Para el Mediterráneo o el nonato sistema de Alianza de Civilizaciones, que, aunque de inspiración extranjera, encontraron en la mano del Gobierno Socialista su materialización más lograda. Con todo ello se tejió una red de relaciones políticas, intelectuales, empresariales y humanas sobre la que pudo levantarse toda una nueva forma de colaboración integral con la orilla sur del Mediterráneo. Algo que, por primera vez, se hacía desde una óptica de igualdad, rompiendo las rancias formas postcoloniales que nos habían mantenido de espaldas. Todo esto debía de haber servido para superar, y con buena nota, la siempre incierta fase de consolidación del estado moderno.


Sin embargo, a partir de ahí los vientos cambiaron. El nuevo gobierno de Rajoy fue incapaz de comprender las dimensiones de aquella oportunidad que nos brindaba la Historia y, lo que es peor, tampoco supo prever los riesgos que incorporaba su fracaso. También cambió Europa que entró en un proceso de derechización que nos abocó a un distanciamiento insuperable respecto a unas sociedades con las que necesariamente tenemos que convivir. Pero, sobre todo, fracasó la propia sociedad marroquí. El aire fresco que entró con aquellas reformas pronto se secó hasta el punto de hacer de todos aquellos proyectos ilusionantes algo irreconocible.


El estallido de la Primavera Arabe, las tensiones en el conflicto Judeo-Palestino, los horrores cometidos por Occidente en las guerras de Irak y Afganistán, todo esto remó a la contra y los países del sur del Mediterráneo sufrieron las consecuencias.


Con todo ello Marruecos vuelve al siglo XX. Pero lo hace en medio de unas nuevas tecnologías, ese tecno-feudalismo de inspiración norteamericana, que hacen de los movimientos sociales algo absolutamente imprevisible. El triunfo electoral de los partidos religiosos en la década de 2010 encendió el pánico en las elites sociopolíticas que buscaron salvar un sistema que intuían herido de muerte. La modernidad laica que, valga la contradicción, aportaban los viejos partidos -sí, el Istiqlal, el socialista, los comunistas incluso- se vio sustituida por ese extraño experimento que fue el PAM. Su mismo nombre lo delata: “Autenticidad y Modernidad”, oxímoron con el que los aprendices de brujos de SciencesPo quisieron conjurar la pendiente de los acontecimientos. A partir de aquí los partidos laicos se vieron disueltos presa de sus propias contradicciones. Los inciertos resultados de las elecciones de 2011 anunciaron el fracaso que se avecinaba.


Mar Mediterráneo desde Ceuta - Pixabay
Mar Mediterráneo desde Ceuta

La respuesta no tardó en llegar. De entrada, se paró en seco el esfuerzo de modernización emprendido, hasta prácticamente borrar lo más vivo de aquellos tres proyectos. A continuación, el instinto de supervivencia de las élites lo apostó todo al retorno del viejo mito del irredentismo que tantas veces había salvado la cara al dictador a lo largo del siglo pasado. Al sur se reabrió la crisis saharaui y, al norte, el antiquísimo expediente colonial precipitó la mirada sobre las ciudades de Ceuta y Melilla convertidas en la mejor metáfora de un imprescindible Rif irredento. Por otro lado, se abre un tiempo en el que la geopolítica internacional está a su favor. La respuesta desquiciada de Europa, los nuevos intereses sobre el Estrecho, la posición norteamericana, abren una nueva ventana de oportunidad para reafirmarse en ese cierre ideológico. El único riesgo para Marruecos estriba en una respuesta social de la que, asombrosamente, se desconoce prácticamente todo. La partida está en juego.


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Que lo que sufrió Ceuta el pasado mes de julio fue una nueva Marcha Verde no cabe la más mínima duda. Fue su ensayo. España mostró -no podía hacer otra cosa- sus debilidades. Ante apuestas de este tipo solo caben tres opciones. Una, la violencia. Sin embargo, intentar, a través de la fuerza, detener un flujo humano de cientos de miles de personas es una misión imposible. La sangre, como llegó a reclamar algún político, solo contribuiría a la profundización de una crisis que, inevitablemente, terminaría en la guerra. Entiendo que nadie quiere esto. En las guerras modernas -y ésta lo sería- el número de soldados muertos se dispara y, VOX, el partidario de esta línea dura, no tiene suficientes voluntarios para saciar semejante hemorragia. Dos, la acción diplomática. Es la que hoy ha intentado el Gobierno, pero desgraciadamente ya no estamos con aquella gigantesca y tupida red que tejió Bernardino León desde Presidencia. Carentes de semejante instrumental, la vía diplomática tiene un límite insuperable. La Tercera respuesta es la que siempre ha dado la derecha: la entrega, más o menos negociada, de los territorios en disputa. En este caso Ceuta y Melilla. Recordémoslo, así ya lo hizo el Gobierno de Franco de donde se nutrió el grupo fundacional del partido hoy líder de la oposición. Pese a arrogarse las insignias de “invicto” y “generalísimo”, el general Franco cedió, al primer tiro, el inmenso territorio del Sáhara sepultando, con ello, los derechos de una comunidad que, hasta ese momento, se tenía por española.


Por eso, en Marruecos esperan nuestras próximas elecciones. Saben que el presidente que toca hará lo mismo.

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