EL ASEDIO A BRUSELAS: LA OLA SOBERANISTA QUE SACUDE EL MEDITERRÁNEO
- Ángel Iglesias

- hace 4 días
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La pintura de Klee, Burg und Sonne (Castillo y Sol) de Paul Klee, 1928, muestra una
fortaleza geométrica y fragmentaria construida con formas triangulares y rectangulares rígidas bajo un sol amenazante. Es la metáfora visual perfecta para la amenaza a la arquitectura comunitaria sobre la que trata la tesis del texto.

De cómo la derecha radical mediterránea busca redefinir la Unión Europea.
Por Ángel Iglesias
El fenómeno de la invalidez explicativa de la ciencia política convencional ante el repunte de los populismos reaccionarios en la cuenca mediterránea y la Europa del Sur responde a un error de diagnóstico categorial. La ciencia política de corte funcionalista ha tendido a calificar la hostilidad hacia la Unión Europea como un mero «euroescepticismo» reactivo, pasajero y folclórico. Sin embargo, aplicando un rigor analítico genuino, debemos aprehender este fenómeno como una crisis orgánica de legitimidad de la gobernanza supranacional.
La Unión Europea, erigida sobre el consenso ordoliberal de postguerra y blindada mediante una burocracia supranacional sustraída a la soberanía popular, ha generado un déficit democrático estructural. Ante el vaciamiento de la política nacional —reducida a mera administración de los dictados del Banco Central Europeo y la Comisión—, la derecha radical ha sabido articular una contrahegemonía de cariz nativista. No nos encontramos ante una tentativa de destrucción física de las instituciones comunitarias, sino ante una estrategia de infiltración, vaciamiento y reconfiguración soberanista desde el interior de la arquitectura comunitaria.
A continuación, analizaremos la trayectoria, sintomatología y proyección de esta mutación tomando como referencia a los cuatro grandes países mediterráneos como laboratorios políticos clave: Grecia, Italia, Francia y España.
1. Grecia: Del trauma de la Troika a la institucionalización del resentimiento nativista
Grecia constituye el caso paradigmático del colapso de la promesa de la integración europea como vector de modernización. La gestión punitiva y desatinada de la crisis de la deuda soberana por parte de la Troika (Comisión, BCE y FMI) sometió al Estado heleno a una humillación nacional y a un proceso de pauperización masiva que resquebrajó de forma irreversible la legitimidad de Bruselas.
Si bien en una primera fase la impugnación del memorándum de austeridad fue capitalizada por una izquierda inicialmente radical, pero posteriormente más atemperada (SYRIZA), la verdadera mutación estructural la ha operado la extrema derecha. Tras la ilegalización y desarticulación judicial de la deriva criminal de Amanecer Dorado, el espacio político del ultraeuroescepticismo se ha depurado, adaptando un cariz más sofisticado e igual de reaccionario a través de formaciones como Elliniki Lysi (Solución Griega) o Niki. Así, el euroescepticismo griego combina tres elementos sustanciales. En primer lugar, un resentimiento post-austeridad que conlleva una percepción extendida de que el modelo comunitario es un dispositivo neocolonial de subordinación económica. En segundo lugar, la consolidación de un nativismo geopolítico que conlleva una instrumentalización constante de la vulnerabilidad fronteriza en el Egeo frente a Turquía, acusando a la UE de impotencia, tibieza o abierta traición en la protección de la integridad territorial helena. Finalmente, el cada vez mayor extendido integrismo confesional configurado como una amalgama entre la identidad ortodoxa y el rechazo a la agenda de valores seculares e incluyentes proyectada por las directivas comunitarias. Con todo, en Grecia, el euroescepticismo ha pasado de ser un estallido de ira popular a consolidarse como un nativismo atrincherado que cuestiona la utilidad misma de la pertenencia al club comunitario que no garantiza la soberanía económica ni la seguridad exterior.
2. Italia: Del espectáculo populista a la hegemonía del soberanismo institucional
El sistema político italiano ha funcionado históricamente como el laboratorio más fecundo para las mutaciones y patologías de la democracia representativa occidental. Italia es el territorio donde el rechazo a la disciplina fiscal de Bruselas ha pasado de las proclamas callejeras a la cúspide del Poder Ejecutivo.
Para comprender la evolución italiana es imprescindible trazar la genealogía que conecta el populismo histriónico y volátil de la Lega de Matteo Salvini con la consolidación doctrinaria y orgánica de Fratelli d´Italia, capitaneada por Giorgia Meloni. La Lega encarnó un euroescepticismo de impugnación directa y visceral contra la moneda única y el Pacto de Estabilidad. Sin embargo, su incapacidad para articular un proyecto de Estado coherente y sus constantes bandazos tácticos terminaron por agotar su eficacia institucional. Fratelli d’Italia (FdI), por el contrario, ha ejecutado una operación de soberanismo pragmático o euro-realismo. Meloni comprendió sutilmente que el abandono del euro (Italexit) era un suicidio financiero inviable dada la descomunal deuda pública italiana.
En consecuencia, el régimen de Meloni no busca romper con Bruselas, sino chantajearla e influirla. Ejecuta una adhesión disciplinada en materia atlántica y macroeconómica a cambio de un margen absoluto para imponer su agenda reaccionaria en el plano interno (batalla cultural, políticas migratorias draconianas y desmantelamiento de consensos sociales). Italia representa, así, la plena madurez del soberanismo: el arte de convertir el euroescepticismo en una fuerza de gobierno capaz de remodelar el equilibrio de fuerzas en el Parlamento Europeo desde dentro.
3. Francia: La Dédiabolisation del Rassemblement National y la toma del Estado
En la patria del jacobinismo y el centralismo estatal, el choque entre el proyecto supranacional europeo y la mitología republicana de la soberanía popular adquiere su máxima densidad teórica. El Rassemblement National (RN) de Marine Le Pen y Jordan Bardella no es un accidente episódico, sino el producto de cuatro décadas de edificación ideológica y adaptación sociológica.
El RN ha protagonizado una transmutación estratégica impecable bajo el dogma de la dédiabolisation (desdemonización). Habiendo purgado los elementos ásperos del antisemitismo y el fascismo primario del antiguo Front National, la formación lepenista ha redefinido el clivaje político fundamental de Francia: ya no es la clásica división entre izquierda y derecha, sino la confrontación entre "globalistas" (encarnados por el régimen macronista y la burocracia de Bruselas) y "patriotas" (los olvidados de la Francia periférica).
Desde la perspectiva politológica, el RN ha adaptado su discurso comunitario con enorme astucia. Como estrategia clave, abandonó la demanda rupturista del Frexit tras comprobar el pánico que generaba en las clases medias propietarias, sustituyendo la salida por el concepto de la "Europa de las Naciones", un modelo desprovisto de mecanismos supranacionales, orientado a desmantelar el mercado único de bienes y personas mediante el "proteccionismo inteligente" y la "preferencia nacional".
El Euroescepticismo en Francia no es una simple patología electoral; es un proyecto heliocéntrico de toma del Estado que utiliza las contradicciones de la integración comunitaria —la desindustrialización, la pérdida de poder adquisitivo y la fractura territorial— para postularse como la única fuerza capaz de restaurar la soberanía popular confiscada por Bruselas.
4. España: Vox y la ruptura del consenso europeísta de la transición
Desde hace décadas, los politicólogos patrios de referencia han venido solazándose en la ilusión de la "excepción española": la creencia acrítica de que el legado de la dictadura franquista y el traumático recuerdo del aislamiento internacional hacían a España inmune al surgimiento de una derecha radical euroescéptica. Esta visión superficial ignoraba que el europeísmo español no era un consenso ideológico robusto, sino un sustituto místico de la identidad nacional, una forma de modernización pasiva impuesta desde arriba.
La irrupción de Vox pulverizó ese espejismo. La formación no surge primariamente como reacción a las directivas económicas de Bruselas —dada la tradicional disciplina de las élites españolas del Ibex 35 ante la ortodoxia fiscal comunitaria—, sino como un rearme nacionalista y reaccionario frente a dos vectores desestabilizadores: la crisis constitucional provocada por el separatismo catalán y la hegemonía de la agenda social de la coalición de gobierno “social-comunista”.
El euroescepticismo de Vox presenta dos particularidades analíticas muy precisas. La primera se refiere a la construcción de un euroescepticismo normativo e identitario, pues a diferencia del discurso socioeconómico francés o italiano, Vox articula su hostilidad hacia la UE mediante la denuncia de la "Agenda 2030" y lo que califica como "fanatismo climático" o "ideología de género" impuesta por las oligarquías globalistas de Bruselas. La segunda implica un cuestionamiento del principio de primacía del Derecho Comunitario. Vox sitúa la soberanía judicial y penal de la Nación española, encarnada en un sistema judicial con sesgos ultraconservadores, por encima de los tribunales de Luxemburgo o Estrasburgo, considerando que la protección supranacional de los derechos fundamentales atenta contra la unidad indivisible del Estado.
Con todo, en España, el euroescepticismo de sus voceros se ha revestido de un casticismo ideológico que utiliza la retórica anti-Bruselas para catalizar el descontento de sectores agrarios, ganaderos y clases medias tradicionales, despojando al europeísmo de su halo de sacralidad e integrándolo en la batalla de la polarización partidista.
Este sumario recorrido de carácter comparado por el arco mediterráneo demuestra que el euroescepticismo de la derecha radical ha superado su infancia doctrinaria. Ya no estamos ante el grito desesperado de los "perdedores de la globalización" ni ante proyectos insensatos de desintegración inmediata de la Unión Europea. Los politicólogos que marcan tendencia no tendrán más remedio que constatar que nos hallamos ante una estrategia de mutación interna y captura gramsciana de las instituciones.
En última instancia, el éxito de estos partidos radica en haber sabido politizar las fisuras de un proyecto europeo que, al primar la regulación sobre la soberanía popular y la austeridad sobre la cohesión, creó sus propios sepultureros. La marea soberanista no pretende quemar el castillo de Bruselas; pretende tomar sus llaves para redefinir, desde dentro, los confines de la democracia, la identidad y los derechos en el continente.




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