El Orden y el Caos: Una reflexión sobre el tiempo y los tiempos modernos
- Fernando Oliván

- 16 mar
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Actualizado: 18 mar
Por Fernando Oliván
Nos hemos educado en el agustinismo político. Incluso los más descreídos de la ciencia política, en el fondo, no esconden su vocación teleológica. La Historia marca, así, una línea que, anotando sucesivas estaciones, alcanza el presente y nos proyecta al futuro. Creemos entender lo que pasa, es decir lanzando teorías y estrategias, asumiendo la lógica de un devenir repleto de sentido. Es por eso que, contra todo propósito, buscamos y rebuscamos en los acontecimientos esa razón de ser que nos aporte una explicación convincente. Una exploración que sepa hilvanar todos esos datos que nos proporciona la experiencia para, desde ahí, trazar la línea sobre la que trascurre la Historia. Una línea que, bajo la carga socrática que también nos satura, deberá tener esa armonía que delata lo bueno. Todo, sucesos, noticias, las acciones en las que se embarcan las personas y los pueblos, alcanza así una lógica que, en su componente psicológico, nos tranquiliza.

Agustin de Hipona, recogiendo la tradición paulina del cristianísimo del siglo IV, lo vio como un camino que atraviesa el umbral del presente. Ahí es donde estamos todos nosotros, cada uno en el quicio de su puerta, viendo como esa senda que atraviesa lejanos territorios del pasado alcanza, con un rigor inusitado, el umbral de la actualidad donde vivimos. Y lo hace con una direccionalidad inquebrantable que nos proyecta hacia los espacios del futuro. La doctrina cristiana, que bebía de estas fuentes, lo veía como un camino a la Salvación. Desde el precipicio en el que nos hundieron nuestros primeros padres -los míticos Adan y Eva- toda la Historia no es más que esa búsqueda de un nuevo encuentro con el Paraiso. Ahí se incardina toda la tradición judía hasta el advenimiento de Cristo. Incluso la traición de Judas y el horror de la crucifixión alcanzan de esta manera su significado. Paso a paso, desde el pecado que nos expulsó del Eden bíblico, el rigor de la Historia Sagrada nos reconduce, de nuevo, hacia el reino de los Cielos.
La Modernidad a duras penas cambió el guion. La idea de Progreso se convirtió en la guía hacia el nuevo mundo feliz. El umbral del Presente se manifiesta como un mero instante en el que se vinculan, con un rigor matemático, la trayectoria que marca el pasado con las previsiones que deducimos sobre el Futuro. Un futuro que, aunque abierto, en las exigencias de libertad que predica tanto el catolicismo como el liberalismo, entraña siempre la ejecución de un plan que lo hace, en cierto grado, previsible. La Ciencia política construye ahí los pilares de su base dogmática.
De vez en cuando, sin embargo, la torre de naipes que levantamos se nos cae estrepitosamente. La sinrazón de los acontecimientos, la presencia de gobernantes locos, las mismas pasiones humanas, desencadenan respuestas no previsibles y, entonces, ese hilo conductor que nos tranquiliza se rompe en mil pedazos atrapándonos en la incertidumbre del laberinto. Wlater Benjamín lo percibe en ese momento dramático en el que cruza los Pirineos huyendo de los nazis: el orden del mundo se deshace. Y así, el pasado, frente a la lógica católica de un orden divino, se manifiesta en el desorden de un sinfín de datos imposibles de someter a extrapolación alguna. Una acumulación de ruinas expresión de la catástrofe de nuestro tiempo.
El problema es que, en este caso, incapaces de apreciar una línea, la idea de futuro se desvanece. Frente al dinamismo que nos propone San Agustín y su larguísima escuela, la realidad que se manifiesta es que, en la materialidad de los hechos, solo existe el presente. Lo que llamamos actualidad, aunque inasible en su consistencia fugaz, se presenta, sin embargo, dotada de la densidad de la materia. Una materia brutal, condenada, instante a instante, a caer continuamente en las ruinas del pasado. El presente en el que vivimos, por eso mismo, empuja a las dos entelequias que se le oponen, pasado y futuro, a diluirse etéreamente en la nada.
Frente al sueño de la razón que quiso consolarnos con la ilusión de la esperanza, la realidad machacona nos proyecta la catástrofe de un mundo sin sentido, desterrados en un inmenso presente del que, a penas, somos capaces de asumir sus horrores.
Clement Rosset anota ahí la falsedad de esa ilusión que encierra la última sorpresa de la Caja de Pandora. Nietzsche, Sopenhauer, Pascal, como antes la desolada mirada de Lucrecio y algunos otros, nos abren abruptamente al escándalo del pensamiento trágico. Una desesperanza que el Barroco quiso eludir bajo la máscara del disimulo, escondiendo nuestra miseria tras el oropel de unas formas imposibles. De poco le valió a Gracián esa discreción que enseñaba a sus alumnos, inevitablemente también él se vio acosado hasta la muerte.
Pero si la Historia carece de racionalidad, si somos incapaces de apreciar una línea de continuidad que dote de sentido al devenir de los acontecimientos, el futuro necesariamente estalla precipitado en la sinrazón del tiempo. Roto el hilo de Ariadna, Teseo quedará perdido en el laberinto de la existencia.

La idea de ética, el mismo derecho, son construcciones ideales levantadas sobre la sustancia del tiempo. Un tiempo histórico, ordenado, construido sobre la lógica de un devenir lógico y comprensible. Si solo existe un presente inmenso ni el derecho ni la ética tienen sentido alguno. Tanto la ética como el derecho son construcciones para engrasar ese hilo conductor de la vida. Ingenuamente aun lo reflejan las gramáticas de los códigos: “el que matare será condenado”. Una sucesión cronológica que busca educarnos en la lógica de futuro. Quebrada la cadena que impone ese “será” tanto la ética como el derecho se desvanecen. Esa es la angustia que arrebata a Dostoievski, “Si Dios no existe”, nos dice, “todo está permitido” Es decir, si el Dios de la Historia, ese que, desde su infinita sabiduría traza la línea del devenir de los acontecimientos, se pierde en la selva de la materia, ese “será” sobre el que se construye nuestro compromiso con el mundo pierde su misma razón de ser envuelto en las tinieblas de la noche.
Sade recoge premonitoriamente los riesgos de esa atimé, es decir, de ese orden basado en el no-derecho. En su alucinógena “Los ciento veinte días de Sodoma”, la presencia desquiciante de un orden construido al margen de toda responsabilidad nos conduce al infierno de la existencia. Es esa negación del futuro la que llevará al genio de Pasolini a reactualizar esa tragedia en su fantasmagórica republica de Saló. Un mundo sin sentido, donde príncipes y reyes, magnates y obispos, políticos y generales, se proyectan como actores del incoherente rigor de un derecho corrompido.
Hoy, de nuevo, algunas de estas premisas empiezan a aflorar en nuestros días. El castillo de Selling donde Sade ambienta su orgía-mundo como ese otro palacio en la película de Pasolini, reescribirán de nuevo el guion en unos “Ciento veinte días”, localizado ahora en el Imperio global del dinero. Las sórdidas noticias del “Resort privado” en las Islas Vírgenes (magistral la ironía) de la “banda de Epstein” nos devuelven a ese mundo caótico con el que, asombrosamente, parecen soñar algunos mandatarios. De nuevo príncipes, reyes, magnates, banqueros y políticos, alcanzando las cimas de un no-derecho aún más abrupto que el agujero negro de la guerra, reconstruyen la lógica de lo peor sobre la que se levanta el orden ultramoderno. Y anoto aquí algo que, implícito en el texto de Sade, y ya manifiesto en la obra de Pasolini, resulta fundamental para comprender nuestra época: la vinculación entre ese desenfreno orgiástico y el poder político. No es solo la urgencia de asumir la depravación de una clase dirigente es, sobre todo, la necesidad de comprender que esa es la sustancia sobre la que se levanta nuestro mundo, o sea, Occidente.

Sin embargo, esa filosofía trágica no tiene por qué entrañar necesariamente esa desesperanza desquiciante. Camus nos presenta esa ausencia de sentido como el lugar supremo de la libertad. Frente a una Historia que nos condena a ser meros peones de un proyecto cuasi-divino, su lógica de lo peor nos abre a un mundo más pleno. En su obra “El extranjero” nos coloca radicalmente ante una ausencia absoluta de devenir histórico. Los dos acontecimientos que marcan la novela nos dan la clave. Una extrañeza de la misma vida que, irónicamente, termina liberándonos de la pesada carga del destino. Pese a todo, parece decirnos, la degradación tanto del pasado como del futuro abre también espacios a la felicidad. Su interpretación del mito de Sisifo se aleja, así, de la desesperanza con la que la tradición suele leerlo. En medio de ese esfuerzo constante e inútil, el rostro de Sísifo, parece decirnos, se manifiesta alegre. Expulsada toda idea de proyecto, la reiterada caída de la roca que empuja cuesta arriba, condenado como está a que jamás alcance la cima, no le arrastra, sin embargo, a la tristeza. Todo lo contrario. Es ahí donde está el juego de la vida, un actuar perpetuo aunque carente de sentido, repleto, sin embargo, de humanidad. Como tan bellamente decía Machado: “Son buenas gentes que viven, pasan, laboran y sueñan, y un día como tantos, descansan bajo la tierra”. Ese es el verdadero sentido de la existencia.




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