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ESTADO y RELIGIÓN: una nueva Teología Política para comprender el caos del mundo hoy

Por Fernando Oliván


Comenta Carl Schmitt que todas las instituciones políticas del estado moderno son instituciones teológicas secularizadas. Sin embargo, bajo este planteamiento de bases cabe hacer algunas matizaciones.


Partimos de un hecho indiscutible. El estado es una realidad social moderna, algo diferente a las otras formas de organización política sobre los que se levantó el espacio público, la polis y el Imperio. Con ello, además, introducimos un nuevo factor definidor: el estado también tiene su propia geografía y su historia. Estamos ante una realidad asentada en ese espacio-tiempo de lo que llamamos Occidente (aunque tendremos que matizar este concepto. Occidente, para nosotros, es todo ese mundo que se levanta sobre las ruinas del mundo clásico).


Construido sobre el trasfondo de la romanidad, el concepto de Estado Moderno va a sufrir las mismas vicisitudes que recorren ese gran espacio que heredamos de la cultura greco-latina, un mundo que abarca desde Siria hasta Britania, desde los bosques centroeuropeos a las arenas de los desiertos de Libia. Es en la lectura de los acontecimientos políticos de esta enorme región del mundo donde la lectura de Carl Schmitt alcanza su mayor eficacia.


Herederos de esa romanidad, sin lugar a duda, son cinco de las formas religiosas que aun dominan el espacio cultural que contornea el Mediterráneo. Me refiero al catolicismo romano, las iglesias reformadas, la iglesia bizantina, el mundo musulmán y le excepción judía. Cuatro formas profundamente territorializadas, lo que aún nos permite trazar las fronteras que diseñan el mapa de Europa. Y una quinta construida sobre el imaginario de la diáspora. Con ello tendremos las cuatro formas de estado que hoy conocemos y una forma de anti-estado que aún nos llena perplejidad y miedo.


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Antes una pequeña anotación. Hablaba Karl Jasper de una lejana época axial que, en poco más de un par de siglos, vio nacer prácticamente todas las formas religioso-culturales del espacio de Eurasia. De Confucio a Moises, de Buda a Pitágoras y Platón. Dos o tres siglos en los que, como dice Voguelin, el mundo encontró su conciencia de ser. Entre los siglos III y V de nuestra era participamos también de una nueva era axial. A lo largo del espacio cultural del mundo clásico se desarrolló toda una nueva realidad sobre la que se configuró nuestro orden social y político. Ahí tiene sus raíces todo lo que llamamos la Modernidad: Cristianismo, judaísmo e, incluso, islamismo, ése algo más tarde, se apoderaron de la nueva conciencia del hombre. Sí, digo bien, es en ese Bajo Imperio, socavado por esa terrible crisis de conciencia que llevará al profesor Dobb a hablar de una época de angustia, cuando nacen y se consolidan esas tres expresiones de la religión que marcarán la centralidad cultural de la nueva era. Tres religiones -en el fondo una sola- que, aunque impregnadas por la mística de ritos bárbaros, son, sin embargo, el fruto maduro del pensamiento grecolatino. Mera corrupción bárbara de un sistema que había plenificado el espíritu humano a lo largo de casi mil años.


Dejémonos de leyendas. Fuera de la historicidad de Mahoma, ni de Cristo ni de Moises tenemos respaldo histórico. Ni nos importa. Tanto el cristianismo como el judaísmo son religiones modernas, surgidas en el caldo de cultivo de la cultura clásica. Una cultura, en esa Antigüedad tardía, saturada por la influencia de los mil pueblos incorporados a los dominios de Roma. Aunque tanto el cristianismo como el judaísmo remiten a unas supuestas fuentes hebraicas, la realidad es que la mayoría de sus seguidores ni vivieron, ni jamás conocieron nada de aquellas tierras a las que hacían referencia. Un mundo fantástico recreado por la prédica de sus nuevos sacerdotes.


El judaísmo moderno surge justamente tras la dispersión que se produce con los terribles acontecimientos del año 70. Con la toma de Jerusalem por el general Tito nace algo verdaderamente nuevo. Estamos ante una religión sin Templo, sin un referente asentado sobre el suelo de un lugar concreto, desplegada en esos cientos de sinagogas dispersas que se levantan a lo largo de todo el mundo mediterráneo. Carentes ya de la dirección de esa casta sacerdotal que regía la teópolis de Jerusalem, la nueva sinagoga se llenará de ese inmenso gentío constituido por los derrotados de la tierra. Esclavos y mercenarios se incorporan a una nueva predicación que habla de salvación, de la resurrección de los muertos, de una Justicia última, de una solidaridad que desconocía el mundo antiguo. Una propuesta soteriológica que pronto atraerá a no pocos miembros de las mismas élites, sobre todo a las mujeres, como fue el caso de la esposa de Nerón, la divina Popea. Ese fue el suelo común de las dos nuevas religiones.


Detalle Coronación de Carlomagno
Detalle Coronación de Carlomagno

Para entender el fenómeno que impulsó esa nueva sinagoga de la diáspora, nos remitimos a un ejemplo. Con respecto al Judá de los seléucidas y el posterior dominio romano, al que ambas religiones remiten en sus leyendas, la relación de sus creyentes resulta semejante al que hoy tienen los seguidores del Hare Krishna con respecto a la densísima cultura que habita a las orillas del Ganges: prácticamente cero. La redacción, tanto del Talmud como de los textos canónicos cristianos, surge en esa durísima contienda que, a lo largo del Imperio, enfrenta a sus predicadores. Una lucha por atraerse a ese público abigarrado y perdido que había dejado de creer en sus dioses. La predicación de Mahoma, unos siglos más tarde, se incardina en el mismo proceso. También su público estará en los márgenes del Imperio.


No entro en los cismas, rupturas y herejías que quebrarán también los modos islámicos y judíos, pero si tenemos que recalar en los dos cismas que quebraron la Iglesia y que nos proyectan a la Europa de hoy: el Cisma de Oriente que dividirá el espacio continental en dos bloques: uno barbarizado y roto por los nuevos pueblos del norte y que intentarán reconstruir los sucesores de Carlomagno; y otro, en el Oriente, que mantendrá las viejas formas de Bizancio. En Occidente, bajo el mito de “las dos espadas”, el poder secular quedó separado de un poder ideológico articulado por una teología poderosísima bajo la férula de la institución eclesiástica, la solución en Oriente fue distinta, ahí el peso de una tradición vinculada a las formas del Imperio-cristiano, alcanzó a unificar ideología y poder levantando una mística del gobierno de consecuencias fabulosas. El segundo cisma no solo quebrará las siempre conflictivas relaciones entre la Iglesia y el poder militar del Imperio, sino que terminará por fragmentar ambas estructuras, dando lugar, primero, a los reinos post-medievales, y luego a las dos grandes construcciones, a partir de ese momento confrontadas, de la catolicidad y el protestantismo.


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Contemplar el estado moderno, haciéndolo desde la mirada que nos propone el filósofo de Plettemberg, nos lleva a reconocer dos, tres y hasta cuatro modos de Estado. Hablamos de Occidente, pero tenemos que ampliar este concepto no solo a la esquina nord-occidental de Eurasia, sino a toda la realidad social que, desde la centralidad romana, recorre los continentes europeo, africano y asiático. Es ahí donde eclosiona ese otro momento axial sobre el que se levantan los tiempos Modernos.


Frente a los tiempos antiguos, repletos de una identidad entre hombres y dioses, y donde el concepto de lo sagrado penetra la vida misma, las nuevas religiones profundizarán la falla que separa lo divino y lo humano. Ahí estalla la paradoja de la Modernidad. Al concentrar toda la dignidad divina, la idea de lo santo, en la subjetividad exclusiva de su nuevo Dios, cristianismo, judaísmo e islamismo terminaron por contribuir a la secularización del mundo. El mundo profano abandona el templo (“pro-fanos”), con ello la santidad y el misterio se depositan solo en ese otro mundo, en el más allá, lo que bien pronto produjo una doble consecuencia común a las tres religiones: por un lado, el hombre se ve miserabilizado, envuelto en la falta y el pecado, pero a la vez, ese mismo hombre se vio libre de las cadenas de lo sagrado. Judaísmo, cristianismo e islamismo construyeron, así, los pilares básicos para el surgimiento de la Modernidad. Sobre ese sustrato, la Iglesia alcanzará a levantar la organización más poderosa que jamás haya concebido sociedad alguna.


Sin embargo, si debemos distinguir algunas cosas. De entrada, una aclaración sobre el axioma schmittiano: no estamos tanto en el marco de la teología, contemplada como ciencia de lo divino, lo que verdaderamente hereda el estado de estas tres estructuras religiosas será sobre todo la secularización de sus liturgias. La realidad es que no se construye una organización sobre las palabras de una doctrina. Las relaciones humanas -y eso son las relaciones políticas- tienen mucho más de rito y de forma que de contenido dogmático. Por eso, el estado se levantó más sobre la liturgia que sobre la teología de estas tres religiones.


Para comprender los modos constitucionales de la Europa actual, resulta más ilustrativo la contemplación de sus modos ceremoniales que la lectura de sus textos jurídicos. Comenta Levy-Strauss que los ritos siempre son anteriores a los mitos, que éstos surgen para dar respuesta -y contenido- a los juegos simbólicos que definen el hecho religioso. De la misma manera, también es la liturgia la que define a la Iglesia, a las iglesias. Un retablo, el pórtico de una catedral, el orden riguroso de la misa, el control de los ritmos del año, la semana o el día y sus horas, nos dice más de esa religión que cien textos canónicos.


Del “kyrie” al “ite missa est”, ya sea en sus imágenes, cantos y danzas, o en el rigor de sus rezos, el ceremonial litúrgico se basa en un control de los tiempos y los espacios. Lo mismo sucederá en el aparato del estado. Con ello pasamos de la Historia sagrada a la Historia política.


Junto a los modos católico y protestante nos quedan esas otras formas estatales que completan nuestra taxonomía. Agudamente anota Kojève cómo de las formas teologales de las iglesias bizantinas surgirá la cultura política de Rusia, del zarismo a la actualidad. Su obra, recientemente traducida al francés, “Sophia. Filosofía y epistemología”, nos permite comprender, a través de Solojev, esa rigurosa línea que conecta al viejo imperio con sus zares, el posterior modelo soviético, sobre todo en la figura de Stalin, y los ritos del nuevo imperio cristiano que amanece con Putin. Como hemos dicho, frente a la ruptura que impusieron los reinos bárbaros, Bizancio supo y pudo consolidar las formas originalísimas de un Imperio Cristiano que, tras Nicea, alcanzó a fusionar a la perfección papado e imperio, es decir, ideología y poder: el cesaropapismo.


Mosaico de Justiniano
Mosaico de Justiniano

Al fondo de nuestro esquema se proyectan las formas derivadas de las otras dos religiones del libro. Anotemos la insistencia de los terroristas del ISIS y su propuesta de un “Estado Islámico”. No se equivocan, esa es la modernidad que se esconde detrás de los horrores que sacuden hoy la orilla oriental del Mediterráneo. Del carácter estatal de las formas de este islamismo radical no me cabe la más mínima duda. No lo olvidemos, el islamismo supo construir, allá por el siglo VIII, la más poderosa máquina político-militar que haya recorrido la Historia: en apenas generación y media alcanzó conquistar más de la mitad del viejo mundo.


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A los modos católico, protestante y bizantino, como al complejo modo islámico, se opone, sin embargo, otra forma recreada sobre la negación de la forma estado. Verdadera teología negativa del orden político que, frente a la fusión de las ideas de poder y territorio, construyó su imaginario social sobre la etérea idea de la diáspora. La expulsión que supuso la conquista de Jerusalem y la destrucción del Templo, apoyada en su propio mito del cautiverio en Babilonia, levantaron toda una liturgia de la errancia. El marranismo, o sea, los que no tienen amarras, leyendas como el judío errante, la idea de un pueblo cuya única identidad es su alianza por Dios, constituyeron las bases de un no-estado capaz de abarcar desde el norte de Europa al corazón de África, del poniente de Sefarad al oriente de los Kházaros. Proyecto fantástico, quizá el más saturado de modernidad de cuantos soñó el monstruoso cuerpo de Leviatán.


Hablamos de ultramodernidad pues la cultura judía entraña un paso que trasciende la misma idea de Estado. La potencia de esa negación se aprecia desde el pensamiento salvaje de Spinoza o Benjamin, hasta la fabulosa historia de la Revolución soviética, no por nada saturada de revolucionarios educados en la tradición del Talmud. Paradoja de los tiempos modernos: junto a la idea de Estado, expresión pura de la modernidad política, también surgió, como si fuera su gemelo, la idea de su negación.


El pensamiento judío se construye, así, sobre la idea de un no-estado. Una verdadera vuelta de piel de la gigantesca ficción del sueño hobbiano. Así lo intuyó Trotsky, envuelto en una revolución permanente. Creación tanto de un nuevo mundo como un hombre nuevo. Frente al mito de Leviatán, la leyenda del Golem. Walter Benjamin, Franz Rosenzweig, Martin Buber, el mismo Kafka son expresión de esta nueva teología política negativa que nos abre a lo más sagrado de la revolución soviética.


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Más allá del concepto ideología la sustancia de las religiones sigue viva. Lo que mueve a los hombres se inscribe mejor en ese conjunto de pasiones, creencias y misterios que recoge el hecho religioso. Lo vemos hoy día. Las liturgias del futbol, los grandes espectáculos deportivos y musicales, la misma política, tienen mucho más de la mística sagrada que de la racionalidad de la ideología. Conceptos como el bien común, desarrollo social, la paz y la cooperación entre los pueblos se agrietan sacudidos por el frenesí de una extrema derecha que nos devuelve a las entrañas de las guerras de religión. A veces usamos el concepto de “teocracias” para denigrar algunos regímenes, pero si el Irán de los Jameneis, como el régimen saudí de los Saud son indiscutiblemente teocracias, también lo es la Inglaterra de los Windsor o la misma Francia republicana, basta leer la irónica propuesta de Dawson sobre los dioses de la Revolución. Löwith, Voegelin o el mismo Toynbee, nos incitan a explorar esta vía.



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