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ULTIMI BARBARORUM: El grito de Spinoza contra el fin de la libertad

Actualizado: 11 ene.

Por Fernando Oliván


El débil y enfermizo Spinoza, pese a los sufrimientos físicos y morales que le embargaban, dejó clavada, el mismo día que asesinaban a los hermanos Witt, una nota con estas palabras en las puertas del Ayuntamiento de Ámsterdam. Ese mismo día la República de Holanda, y con ella toda Europa, se precipitó hacia el barranco de la tiranía.

Contextualicemos el tema. Las Provincias Unidas, que era el nombre de ese pujante micro-estado que discutía de tú a tú, con las ventajas de su modernidad y cultura, con las grandes potencias europeas, sucumbía, sin embargo, al fuego cruzado de un ataque exterior y un golpe de estado orquestados para aplastar sus libertades. 


retrato y firma de Baruch Spinoza
Baruch Spinoza (1632-1677)

No era solo la cuestión de un pequeño país capaz de disputar la hegemonía al Imperio Austro-hispano, al reino de Francia y a la monarquía británica, era, sobre todo, su estructura republicana lo que sacaba de quicio a una Europa corrompida de autoritarismo hasta el tuétano. Aquel territorio en el norte del continente había sabido crear las condiciones para organizarse como un estado republicano, y lo hacía con una pujanza económica que amenazaba con quebrar el orden heredado del medievo.


Estamos hablando de un modelo social basado en principios de libertad e igualdad políticas, es decir, la contrapartida radical a los regímenes monárquicos consolidados por la ideología del barroco.


Que aquello tenía defectos, huecos e incluso sus contradicciones, lo conocía perfectamente el propio Spinoza, hijo, como era, de refugiados judíos de las diásporas hispana y portuguesa, pero que, de nuevo, vino a sufrir, en esa tierra de asilo, la nueva y feroz inquisición de su propia comunidad judía. Es decir, en medio del espacio de libertad que brindaba el nuevo estado, también se crearon micro-espacios de corrupción y tiranía. Pero esto es lógico. La dinámica política reclama esa continua acción por la libertad si realmente nos creemos eso que llamamos democracia. En aquella Holanda también había injusticias y miserias, pero lo que nos importa es que, ese mismo Spinoza, quebrado y herido por su propia comunidad pese a lo mucho que ésta debía a su régimen de libertades, tuvo, sin embargo, el coraje para proclamar, con todo su aliento, con todas sus fuerzas, ese grito de desesperanza: “¡La última barbaridad!”, la que él creía colmaba el vaso. 


Su espíritu apocado, su rechazo a todo protagonismo político o social, su escaso optimismo hacia el hombre y la sociedad, no le impidieron un grito de rechazo hacia ese mundo que se le venía encima (¡que se nos viene encima!) Entraban -entramos- en lo más bárbaro del orden sociopolítico del barroco. Casi en una expresión que venía a decir, “¡No aguanto más!”, escribió esas terribles palabras que, como un manifiesto, clavó en las puertas del edificio donde los barbaros, es decir, toda esa reacción que odiaba la palabra libertad cuando también la gozan los otros, habían asesinado a lo últimos representantes de ese ideal que entrañaba la república.


"Los síndicos de los pañeros" | Rembrandt (1662)
"Los síndicos de los pañeros" | Rembrandt (1662)

Para comprender de que estamos hablando, basta acercarse al medio publicitario sobre el que se inscribía la ideología en aquella época. Me refiero a las artes plásticas y en espacial a la pintura. El gesto de igualdad que rezuma en obras como “El sindicato de pañeros” o la misma “Lección de anatomía”, choca estridentemente con las proclamas monárquicas de esa otra obra, la “apología de María de Médicis”. Frente a la igualdad que respiran esos comerciantes o esos médicos en las pinturas de Rembrandt, conscientes de su status de pueblo pero orgullosos de su ciudadanía política, los cuadros de Rubens, propagandista de esa monarquía que viene, constituyen su opuesto sistémico. Frente a la igualdad: la jerarquía, frente al gris ciudadano: el énfasis en esos colores chillones repletos de oros, frente a la humanidad que exhalan esos médicos, la divinización casi-mítica de unos nuevos poderes que se creen verdaderos dioses.


No puedo por menos que contemplar el paralelismo de la muerte de estos dos hermanos, los Witt, con ese otro asesinato que destruyó, en este caso, a la Republica romana: la muerte de los hermanos Graco. Paralelismo conceptual, poético, pero nuevamente lleno de resonancias inquietantes. También allí las fuerzas más reaccionarias no soportaron los criterios de modernidad que alumbraban con los nietos de Escipión y también allí, uno a uno, en medio de esas turbas que siempre moviliza la reacción para sus fines, ambos fueron asesinados en nombre de una “otra libertad”, esta, sí, solo a beneficio de esos pocos que se levantan como los nuevos amos.


***

Ultimi barbarorum

No busco un paralelismo entre aquellos sucesos y los acontecimientos de hoy día, sin embargo, la barbarie sigue siendo la misma. Hoy, de nuevo, a sangre y fuego, desde helicópteros y misiles, los bárbaros y sus amigos irrumpen aquí y allá para imponer su violencia. Ultimi barbarorum, por la brutalidad con la que sacuden todo derecho proclamando la voluntad del más fuerte. Ultimi barbarorum por la vileza de los que no somos capaces, al contrario de Spinoza, de levantar nuestro grito. Ultimi barbarorum en definitiva, porque, hoy, además, se cubre con sonoros galardones la violencia y la miseria espiritual de los palmeros que vitorean a los bárbaros.


Frente a la idea de un neofeudalismo, el paralelismo que marco nos remite más a otra época, lo que realmente se nos viene encima es una nueva edad barroca con sus Iglesias y sus cortesanos. Un tiempo que, en medio del estruendo del oropel solo deja espacio para el silencio. Tiempo de silencio como tituló Martin Santos su, a la postre, premonitoria novela. Tiempos en los que las opciones para sobrevivir reclaman la máscara y el engaño, ese camuflar sentimientos e ideas para no despertar la ira de los nuevos inquisidores del poder. Gracián, en medio del horror de ese tiempo barroco, educaba a sus alumnos en el arte de la prudencia. Pese a todo, no le valió toda su discreción para evadir, en medio del asco de ese siglo de oro, la persecución y la muerte.


*

Oiremos nuevas voces, pero ya no recorridas por ese anhelo de Justicia que iluminó el rostro de Spinoza. Esta vez surgirán de lo más hediondo de la sociedad. Ya España se hizo famosa por ese contra-grito de la estupidez con que saludó el retorno de la monarquía frente a una Ilustración derrotada <¡Que vivan las “caenas”!>.


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